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¿Sientes ese aroma? ¡Nueva Orleans señores! {Geraldine}

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¿Sientes ese aroma? ¡Nueva Orleans señores! {Geraldine}

Mensaje por Rita S. Lubeck el Sáb Nov 17, 2012 1:07 am



¿Sientes ese aroma?
¡Nueva Orleans señores!
๑ Nueva Orleans ๑ Calles ๑ Geraldine F. Pataki ๑

No era la mañana mas soleada del mundo, pero aún así era notablemente agradable. No hacía frío, pero tampoco calor, algo que le venía prácticamente perfecto a los habitantes de Nueva Orleans, y mas aún a los que vivían en las calles, pues los climas mas odiados eran las lluvias por ejemplo. Todo se moja, incluyendo la ropa por supuesto, y tarda en secarse por lo que, debido al viento, es muy fácil levantar cualquier cantidad de enfermedades. Simplemente apesta, pero es lo que a uno le toca, ¿no?

Rita se encontraba sentada en una de los viejos marcos de la ventana principal, claramente castigada por los años que tenía, toda desgastada, astillada y despintada. Las piernas de la joven se mecían juguetona y pacientemente al otro lado de la casa, es decir, hacia afuera, como una niña en su hamaca. Le gustaba recordar el pasado algunas veces, pero la mayoría de éstas se acababa arrepintiendo por algún mal recuerdo que llegaba sin ser llamado.

Apoyó su cabeza y espalda contra la pared ya subiendo los pies y soltó un leve suspiro cerrando los ojos. Volvió la vista al interior de la casa y sus marrones ojos buscaron por cada esquina a sus compañeros, pues aparentemente irían a probar suerte para comer algo en unos minutos, pero parecían tardar demasiado. Dio un grito y enseguida fue correspondida, por lo que esbozó una pequeña sonrisa e hizo una seña con la cabeza como preguntándoles si estaban listos, y entre empujones amistosos y bromas salieron todos apresurados, y detrás de ellos la morena, aún con aquella sonrisa en su rostro y preguntándose a sí misma que es lo que haría sin éste extraño grupo de ladronzuelos.
Cada uno era diferente al otro. Tanto, que a veces sorprendía que fuesen tan amigos. Algunas cosas que claramente tenían en común era la situación en la que vivían, que ninguno de ellos tenía mas familia que los otros, que eran casi expertos ladrones desde luego, y otro detalle que Rita siempre ve es el gran corazón que tienen a pesar de todo. No son ladrones simplemente porque se les de la gana y ya, no es que no trabajen por flojos, o muchas otras cuestiones que les hacen los dueños de tiendas donde van; sino que ese es su método de supervivencia, por así llamarle. No tienen a nadie que los mantenga pero tampoco es que necesiten eso.

La pandilla había hecho un par de cuadras todos juntos pero, al llegar a una esquina, decidieron ir cada quien por un lado distinto a ver que encontraban. Rita dio marcha hacia la derecha a paso rápido por el lugar. Tal vez pasaría un par de veces, una sólo para ver que había y la segunda para llevarse algo. Su estómago aún no hacía ruido, algo extraño pues desde ayer no comía nada pero era mejor, pues a veces el hambre se vuelve insoportable.
Pasaba por la vereda de una casa familiar, donde enseguida captó un delicioso aroma. ¿A quien se le ocurre dejar algo con ese aroma tan cerca de una ventana? Negó con la cabeza y siguió caminando, mientras acomodaba un poco sus inquietos mechones de cabello castaño oscuro. Poco a poco se iban "despertando" diferentes sonidos y aromas, eso era Nueva Orleans, cada uno de ellos propio y único del lugar, desde su punto de vista.

Pasó distraída por un puesto de frutas y verduras frescas entre la galería de vendedores, y como por reflejo tomó una manzana roja que le había llamado la atención, llevándosela como si nada pero, como siempre, el tipo que no estaba tan distraído como parecía la miró de mala forma para luego dar un grito amenazante. La morena no se hizo mucho problema puesto que ya estaba mas que acostumbrada a eso, por lo que sólo acomodó su cabello y de modo que cubriera un poco su rostro y apresuró el paso para perderse entre la gente.
Hizo unos treinta o cuarenta metros como máximo y volteó a ver cuando escucho a alguien pronunciar su nombre. ¿Ya me conocía? ¿es en serio? Pensó soltando un bufido al ver que el tipejo venía por detrás y se lanzo directamente a correr. -Vamos no exageres, sólo es una maldita fruta.- Exclamó algo enojada y luego se metió en medio de un pequeño grupo de gente, tal vez familia, y salió por detrás de éste hasta un pequeño y corto callejón hasta que el hombre pasó de largo.
Sonrió y se alejó en a dirección por la que venía mientras le daba un pequeño mordisco a su manzana. No había sido para tanto, pero los comerciantes del lugar siempre exageraban un tanto que digamos. Apenas caminar unos cinco minutos, por ser distraída e ir mirando hacia el suelo, chocó contra alguien. Dio un paso hacia atrás para disculparse, suplicando en su cabeza que no sea el vendedor, pues parecería imposible pero, para su suerte, se trataba sólo de una muchacha. -Lo lamento, no prestaba atención.- Dijo despreocupada con una media sonrisa esperando a que aquella rubia no se molestara, pero a esta altura ya no le parecería extraño comerse uno que otro insulto sobre todo de los de clase alta, que el simple hecho de ser tocados por alguien como Rita les daba asco. Gente que no tiene idea de la vida al parecer, ignorantes.


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Rita S. Lubeck

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Re: ¿Sientes ese aroma? ¡Nueva Orleans señores! {Geraldine}

Mensaje por Geraldine F. Pataki el Lun Nov 19, 2012 4:04 pm

Está de buen humor. Demasiado buen humor, fue el primer pensamiento de Geraldine al ver a su padre esa mañana mientras bajaba a tomar el desayuno. Big Bob devoraba su comida como un verdadero animal salvaje, riendo a carcajadas tras unas bromas que no tenían sentido ni para su hija ni para su mujer, quien intentaba limpiar el desastre dejado por su marido, quien la ignoraba como quien ignora a un animal sin importancia. Pero ¿desde cuándo importaba a Big Bob algo no relacionado con su negocio? Lo importante eran los relojes. Geraldine conocía algunos otros relojeros de Nueva Orleans, verdaderos artistas en su oficio… Y su padre era uno de los más conocidos a pesar de todo. Tenía que ver con su carácter. Carismático a muerte con quienes debía. Había ocasiones en que Geraldine envidiaba el carácter de su padre. Ella era impulsiva y agresiva, no podía competir sin perder el juicio. Una ofensa para su orgullo, pues significaba que sería Olga quien se quedaría con todo. Su perfecta hermana Olga, la buena, la dulce, la casada con un hombre de bien (que gracias al cielo de relojes no comprendía siquiera como leer la hora), la que en un futuro daría un montón de nietos a sus padres cuando estos envejeciesen. ¿Y qué haría Geraldine entonces? Tragarse todo y aceptar casarse con el primer idiota de turno para transformarse en una mansa mujer florero…

Rió. No pudo evitarlo. ¿Ella una mujer florero? ¡Ni aunque tuviese que cortarse las uñas de los pies a mordiscos! Por suerte Big Bob creyó que la risa era por una broma suya y se ahorró un regaño. Odiaba que él, justamente él, la regañase. ¡Ni que fuese su cabeza de balón!

Ahogó esa sensación de pena que la embargaba cada vez que pensaba en Arnold (el cual no había dado señales de vida en meses) y terminó de desayunar en silencio, guardando una perfecta compostura. Ese día esperaba que al menos sus padres la viesen como una persona capaz y no como la buscapleitos que era. Así la autorizarían a pasar la noche en casa de Phoebe, a quien la rubia extrañaba a mares a pesar de que nunca lo reconocería. Aun con todo su mar de problemas, tenía su orgullo de mujer fuerte casi intacto.

Salió de casa en compañía de su padre, incomoda por tener que llevar ese ridículo vestido. ¡¿Por qué no podía llevar pantalones como los hombres?! No le hacía ni un poco de gracia usar vestidos finos ni mucho menos zapatos con tacón. Ya ni hablar de usar corsé. Big Bob dejó de exigírselo cuando Geraldine amenazó con salir desnuda si volvía a comprar uno. Pero aun así, su padre se negaba a permitir que ella llevase unos pantalones. Él jamás notaba la existencia de su hija, a no ser que ella llevase pantalones. Y vaya si ardía Troya cuando pasaba. Por el deseo de acompañar a su mejor amiga, Geraldine mantuvo una expresión neutra en su rostro, aguantándose las ganas de rascarse por la picazón que le provocaba en vestido ese. Y para empeorar su suerte, el vestidito no era su típico atuendo rosa, el viejo vestido que usaba a diario y que al menos era cómodo como para hacer sus cosas tranquila, sino uno blanco, de ese blanco inmaculado que causaría dolor físico arruinar.

Caminaba con lentitud por los puestos, detrás de su padre, el cual saludaba a la mayoría con una sonrisa amable en el rostro. Geraldine la consideró una sonrisa sarcástica y altanera.

–Toma, lleva esto al puesto de Dino, que me pidió unos relojes la semana pasada. –dijo Big Bob deteniéndose de pronto y causando que Geraldine casi perdiese el equilibrio. Malditos zapatos. –Yo te espero en el puesto más allá…

Geraldine asintió aunque supo que su padre no la esperaría y seguramente tendría que regresar a casa sola. Mejor, se ahorraba tener que mantener esa mascara de indiferencia el resto de la mañana. Su padre le entregó una cajita envuelta en papel y se marchó, dejándola sola en medio de la gente.

La muchacha prosiguió su camino lo más rápido que pudo, deseando poder sacarse esos zapatos pronto. 5 centímetros, dijo la vendedora al ofrecérselos a Miriam. ¿Para qué querría Geraldine Pataki ser 5 centímetros más alta? Además, la vendedora no mencionó que también sería 5 centímetros más lenta y torpe. ¿Qué dirían los chicos si llegaban a verla vestida así, como una dama de sociedad? Tal vez Rhonda alabase su vestuario, la chica “rica” era así desde que ambas eran unas niñas, pero los chicos… No, ni pensarlo. Nadie la vería así jamás. JAMÁS.

Con esa idea en mente comenzó a caminar lo más rápido que sus zapatos se lo permitían, sosteniendo fuerte el paquete en sus brazos. Tal vez iría demasiado rápido, como un caballo de carreras mirando solo el frente, pues de la nada sintió como chocaba con alguien. Una chica. No cualquiera, una desconocida.

¿Qué hacía ella ahí? ¡Y en su barrio! Puso una expresión fiera que desentonaba completamente en su rostro pulcramente maquillado por su madre (una experiencia terrible para Geraldine, quien nunca comprendería por qué debía pintar su cara como un payaso), sostuvo el paquete con su brazo izquierdo y con el derecho dio un empujón a la desconocida. Nada muy fuerte, la parte racional de su cerebro le repetía que estaba en un lugar público que Big Bob solía visitar y si alguien la veía pelear pues… Adiós días con Phoebe.

–¡Ten cuidado tonta! . – siseó en un tono bajito pero amenazador, diferente de los gritos agudos que solía dar. ¡Y hasta usando un lenguaje bonito! –Fíjate por donde caminas.

Dicho esto, volcó su atención en el paquete de su padre, rogando que el reloj estuviese en condiciones.
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